Etiopía-Eritrea: La guerra de los pobres

No es novedad que las guerras sean la principal causa de muerte de cientos de miles de africanos, incluso sobrepasando al hambre y al sida. Y es que cada año, África se desangra por más de quince conflictos simultáneos, pero solo esta guerra situada en las llanuras del África oriental, no supone una guerra civil como tantas en el continente, sino que una larga lucha entre dos Estados.
La frontera de la discordia, 100 kilómetros que separan a las repúblicas de Eritrea y Somalía. Un territorio baldío, llanuras silentes que son custodiadas por soldados del ejército somalí. Hace más de seis años que comenzó la guerra, cuyo origen es la escasa y poco clara delimitación fronteriza entre ambos países.
Pero a pesar de las insalvables diferencias que separan a ambos países, Etiopía y su vecino del norte, Eritrea, tienen un génesis en común. Ambos pueblos fueron dominados hace tres mil años por los egipcios, incluso ya en el siglo XX, británicos e italianos ostentaron la custodia de esta zona del África pegada al Índico.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Etiopía logró su independencia del Reino Unido. Muy poco atractivo encontró Londres a estas pobres regiones, escasas de recursos naturales, por lo que los ingleses decidieron dejar la región voluntariamente. Casi por “wock-over” Etiopía ganaba su independencia, y a favor de eso, la recién inaugurada ONU, decidió entregarle los territorios del norte adyacentes al Océano Índico, es decir, lo que Actualmente es Eritrea, pasaba a ser otro de los seis Estados Federales que componen la nación etiope.
Sin embargo, Eritrea, con una lengua y un componente étnico totalmente distinto al etíope, no quería ser una nación obediente a Addis Abeba, y buscó por más de cuarenta años su emancipación total de la capital de Etiopía, hasta que lo conseguiría en el año 1993.
A pesar del recelo de Etiopía por haber perdido una región entera, junto con su salida al océano, las relaciones entre estos dos vecinos crecía de buena manera. El comercio agrícola-ganadero, principal fuente de subsistencia para estos dos países de los más pobres del mundo, se caracterizaba por la buena convivencia y su capacidad para hacer negocios bilaterales favorables para ambos, tanto así que en 1996, solo dos años después de la guerra de independencia, Eritrea liberaba el paso de cualquier cargamento de origen somalí por cualquier puerto del litoral eritreo.
Tanta complementación era un ejemplo para los restantes vecinos del África, pero la buena onda se acabó cuando somalíes y eritreos se dieron cuenta que ambos eran potenciales competidores agrícolas. Los cereales cosechados en Somalía tenían como principal destino Estados Unidos y Europa, al igual que los granos provenientes de Eritrea. De a poco la integración económica se fue transformando en un “gallito económico” entre ambas naciones, y así se fueron acabando las regalías y las sonrisas.
En 1998, el gobierno de Asmara culpó a su similar etiope por el colapso de sus exportaciones de grano, y buscando de dar un golpe al orgullo etiope, el ejército de Eritrea invadió el límite, y penetró algunos kilómetros dentro del territorio de la República Federal de Etiopía.
Rápidamente el gobierno ubicado en la ciudad de Addis Abeba respondió el golpe, y las graves escaramuzas entre ambos ejércitos sólo fue detenida gracias a las misiones de la ONU en conjunto del ejército norteamericano que tenía un contingente en Somalía.
El alto al fuego duró dos años. Lo suficiente como para que los cascos azules y los norteamericanos se retiraran del lugar convencidos que la paz permanecería en la zona. Y se equivocaron. Los dos años fueron suficientes para que ambos países se prepararan para una nueva arremetida, pero esta vez el primer golpe lo darían los etiopes.
Etiopía es un país que cuenta con cerca de 60 millones de habitantes, mientras que sus vecinos eritreos tienen solo cuatro. Las fuerzas armadas etiopes cuentan con 150 mil efectivos, y también con importante material bélico que países sudamericanos como Bolivia y Paraguay envidiarían. Más de 150 tanques soviéticos T-55, además de una treintena de cazabombarderos Mig-29, forman parte de las unidades de las fuerzas de etiopes. Ante la fuerza considerable de Etiopía, que destina el 30% de su PIB en defensa, Eritrea se encuentra en inferioridad numérica y material, pero no así en organización y preparación de sus hombres. El orden y la rápida y efectiva movilización de su contingente es la mejor defensa que tiene Asmara. Además, si el 30% del gasto del PIB de Etiopía en defensa sorprende, Eritrea no se queda atrás, y gasta el 40% de sus recursos fiscales en sus fuerzas armadas.
Para el verano del 2000, la invasión se venía. Decenas de miles de hambrientos soldados etiopes cruzaron la débil frontera eritrea, incursionando en lo más profundo del territorio de Eritrea. Pero antes que los sureños llegaran a Asmara, el despliegue del ejército eritreo paró en seco la ofensiva enemiga. De esta manera, si bien Etiopía recuperó los territorios fronterizos en disputa, no pudo seguir avanzando, quedando la guerra estancada, pero no muerta. La guerra de “desgaste” algo parecido a lo ocurrido en la segunda parte de la Primer Guerra Mundial, es el panorama que se vive en la zona. Kilómetros de líneas fortificadas que buscan destruirse y avanzar sobre el otro. Pero esta guerra no sólo se vive en el campo de batalla. La otra cara del conflicto es la del hambre, la del exilio y los refugiados. En el norte de Etiopía vivían medio millón de eritreos, que fueron todos deportados de territorio etiope. Y el problema es que el Estado eritreo no tiene la capacidad de albergar a esa cantidad de gente.
Hace ocho años que se desató la “Guerra de los pobres”, y todavía no se ha podido encontrar una solución al conflicto. Después de la retirada de la ONU y Estados Unidos en el 2000, ningún otro país u organismo ha vuelto a intervenir en el conflicto armado.
El PIB per cápita de Etiopía con suerte se eleva sobre los mil dólares anuales, mientras que el de Eritrea es apenas de ochocientos. El primero de los países está rankeado en el lugar 164 entre los más pobres, de acuerdo al PIB y al factor de Desarrollo Humano que dan las estadísticas de la ONU. La situación de Eritrea es todavía más crítica, ubicándose en el lugar 173.
Por ahora, la guerra no la ha ganado nadie. Hay un conocido dicho pacifista que dice “en las guerras nadie gana”. Bueno, allá la cosa es peor, porque todos pierden. Los soldados eritreos y etiopes atrincherados mueren más de hambre y enfermedades que de un combate, y los cientos de miles de refugiados siguen vagando por la costa este de África, sin comida ni ayuda.
Así de trágica es la historia de una guerra entre dos países africanos. Una llamada “guerra a la antigua”, porque el conflicto no tiene que ver con religión, raza o gobierno. Tiene que ver con dos estados soberanos que buscan imponerse, reclamando sus derechos territoriales, en un conflicto empantanado que posiblemente termine por cansancio y falta de recursos en países que no pueden sostenerla, y no por la victoria de una nación sobre otra.

